En aquel diciembre de 1941 Boabdil salió de la Alhambra y dijo:
"Salvad a vuestros hijos y culpadme a mí de todos vuestros infortunios, pues nací para ser el último rey nazarí de Granada y llevar sobre mis hombros el peso de vuestra tristeza y la de La Alhambra, para siempre. Mirad hacia el tiempo nuevo que ya ha venido y aceptar el designio que no se puede evitar, maldecid mi nombre cuando vuestro aguante ya no pueda más, y pensad, por encima de todas las cosas, que yo estará sufriendo vuestra misma pena multiplicada por cada uno de vosotros, porque nací para eso y para que todos veáis en mí al culpable de todas las cosas que no se pueden entender con el corazón, ni explicar con la mente, ni aceptar con la voluntad."
Así despidió Boabdil a su pueblo granadino. Lleno de terribles contradicciones que asolaban su alma en aquellos momentos, con una vulnerabilidad endémica, una atroz desolación íntima y una completa sumisión a las circunstancias tal y como se presentaran.
"Haces bien en llorar, maldito hijo mío, es lo único que puedes hacer, como una mujer, ya que no fuiste hombre bastante para salvar tu reino."
Desafortunada frase de Aixa, madre de Boabdil a su hijo mientras admiraban con tristeza la tierra, el reino perdido de Granada y que quedaría para siempre grabada como la frase de una madre a su hijo el perdedor. Cruel, escupida con amargura y sin estremecerse ni sentir la mas mínima compasión ante su hijo ni los sentimientos de este. Pero sobre todo injusta. Pues la historia es historia y es contada por muchos para el entendimiento de muchos más, y es que efectivamente, Abu Abd Alláh ibn Abül-Hasan, Muhammad XII de Granada, el último rey nazarí llamado Boabdil fue eso, él último sultán que tuvo la Alhambra, porque al contrario de lo que haya quedado para la historia o de lo que los libros cuenten, Boabdil o El Zogoibi (el desventurado) como tuvo que soportar que lo llamaran durante toda su vida, no perdió Granada, no perdió su hermosa Alhambra, sino que fue sin desearlo el testigo de honor de su propia desdicha, del incomprensible castigo de su existencia, porque como reconocieron sus mas allegados leales, el último rey nazarí estaba destinado a vivir mucho pues mucho había de penar.
Víctima de conjuras y conspiraciones desde antes de su nacimiento por su propia madre, Aixa, quien veía en él la unificación del linaje nazarí heredada del gran sultán Muhammad V, también de los planes y el tiempo dorado que les tocó vivir a Fernando e Isabel, los bien llamados reyes católicos, de las ansias de poder de su propio padre Muley Hacén, quien dio mas tarde nombre al pico más alto de Sierra Nevada en donde llevaron su cuerpo ya sin vida o de su tío Al-Zagall, el eterno segundón por verse siempre a la sombra de su hermano e incluso víctima de sí mismo y de su propio destino y arrastrando consigo en su camino de penurias y sinsabores a cualquiera que se acercara a Boabdil el Zogoibi, pues la profecía había de cumplirse.
Una profecía que más que profecía era una visión de algo que irremediablemente debía ocurrir. La consecución de una maquinación perfecta, porque un reino puede soportar el mal gobierno de varios reyes, pero no de muchos. Y Boabdil heredó un reino apocado, lleno de luchas internas por el poder, en contraposición con el reino que le disputaba la tierra y que se encontraba en continuo crecimiento como eran los reinos de Castilla y Aragón unificados en los reyes católicos, lo que hizo que el desgraciado Zogoibi encontrara su sino ya escrito mucho antes incluso de él nacer.
Boabdil, sin duda de esos libros que cuando los termino de leer dejan en mí el vacío momentáneo de quien se sabe huérfano de historias tan increíbles por un tiempo. De esos de los que he disfrutado página a página conociendo un trocito más de la historia de España, de Andalucía y de Granada y de como la estirpe nazarí fue extirpada de la península ibérica dejando paso a un nuevo tiempo y a un renacer del ser humano que se colmaría con el posterior descubrimiento del nuevo mundo por el navegante Cristóbal Colón.
Simplemente diría que estoy feliz de que este libro se haya cruzado en mi camino, pues he sido feliz durante su lectura. Qué más se le puede pedir a un libro...
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